Los modelos conductuales, premios-castigos, o parte de esos enfoques, pueden ser funcionales y ayudar a la práctica educativa si saben aplicarse adecuadamente, pero el castigo como eje de la acción educativa para enseñar a comportarse no parece que haya resultado eficaz, leyendo y revisando las referencias bibliográficas sobre el malestar docente.
Estamos de acuerdo con Casamayor (1989) cuando afirma: El castigo debe ser contemplado como la opción cero en la escuela y en el aula. El profesor debe saber utilizar su autoridad y no transformarla en autoritarismo.
El castigo según este autor es una de las dos caras de la moneda premio-castigo. Se premia, dice Casamayor, a los alumnos que se portan bien pero no se suele premiar a los que se portan mal, como si realmente no tuviesen conductas positivas para premiar, a estos alumnos solamente se les castiga. Es más, para muchos profesionales parece que el castigo es la única técnica que utilizan para educar, y en contadas ocasiones la utilizan bien, ya que no suelen estar formados para aplicar programas de premios y castigos o programas de refuerzos escolares.
Optamos por la disciplina desde el modelo cognitivo, desde este modelo la disciplina se entiende como parte del proceso enseñanza – aprendizaje, y está determinada por una compleja red de factores que son los causantes de los conflictos, desde las interacciones familiares hasta los niveles más concretos de la enseñanza: el aula y las tareas escolares.
El control del aula según este modelo se basa en las razones sociales, psicológicas y pedagógicas, y en la incorporación de normas y estrategias de disciplina en el proyecto escolar concretizadas en la programación del aula.
Los alumnos deben aprender gradualmente a comportarse, desde los primeros niveles de la educación hasta la finalización de la misma. Las obligaciones y responsabilidades deben estar seleccionadas en función de la edad de los niños-alumnos, y de su capacidad para poder responder a ellas.
La conducta de los niños menores de ocho o nueve años se caracteriza principalmente por la necesidad de obedecer a las normas impuestas por la autoridad, sin necesidad de razonar ni de emitir juicios sobre las mismas (Piaget). No se juzgan las reglas impuestas, son aceptadas o no aceptadas automáticamente. El poder es externo y depende del control que se ejerza sobre el alumno para que éste pueda incorporarlas y automatizarlas con sentimientos de satisfacción. Inhibir conductas conflictivas en las primeras etapas de forma satisfactoria para el alumno implica un adecuado control externo: normas claras y ayuda para llevarlas a cabo, y sanciones ajustadas a su desarrollo cuando no las cumpla.
A partir de los ocho años los alumnos tienden a juzgar las conductas en función de varios factores, uno de ellos es la intencionalidad de la conducta. Las ideas sobre lo justo y lo injusto empiezan a depender de las condiciones en las que se ha producido la conducta, y del conocimiento que tienen sobre si era o no conocida esa norma que impedía llevar a cabo esa acción. Son más flexibles o deben serlo, y más capaces de razonar lo que ocurre y el porqué de las sanciones. Son capaces de analizar con ayuda ciertas conductas y sus consecuencias, y de valorar la intencionalidad o no intencionalidad de las mismas, y en función de ello valorar lo justo o injusto del comportamiento y la sanción justa.
Este es un momento adecuado para delegar ciertas responsabilidades en los niños, disminuir el control externo, y aumentar las acciones que llevan a la reflexión de lo que ha ocurrido. La reflexión y el debate a medida que aumentan de edad es un instrumento eficaz para el autocontrol del alumno, en la mayoría de los casos, especialmente si no existen problemas de adaptación o de identidad o trastornos y discapacidades.
Aprender a comportarse no se logra conociendo las normas que existen en la escuela, se aprende a lo largo de la escolarización, y tanteando los límites de las acciones propias, y reflexionando sobre ellos a partir del momento evolutivo que aparece la capacidad para reflexionar.
La disciplina en las primeras etapas, infantil e inicio de primaria, requiere por lo tanto de control externo y de pocos razonamientos. Es el mejor momento para interiorizar normas sin cuestionarse su necesidad conscientemente. Pero la autoridad no debe ser arbitraria ni injusta, de lo contrario puede favorecer la agresividad o la necesidad de evitar castigos, y no la satisfacción de cumplir con las normas.
A partir de primaria hay que impulsar la reflexión y la conciencia de la necesidad de ser disciplinado. Los razonamientos y las explicaciones de cómo deben comportarse se explicitarán y recordaran durante el transcurso escolar. Hay que evitar los razonamientos y las grandes explicaciones cuando aparecen los conflictos, ya que no son eficaces y pueden incluso ser perjudiciales. Cuando aparecen los conflictos es el momento de recordar las normas y si ya las conocían de aplicar las sanciones. Es el momento de aplicar la sanción, no de razonar. El mejor momento para razonar, explicar y reflexionar es cuando no hay conflictos.
